En el corazón del corazón del país - William H. Gass - La Navaja Suiza Editores

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William H. Gass

Fotografía de Stephen Schenkenberg

Shelf Life: la biblioteca de William H. Gass

Traducción de José Luis Amores del artículo original del número de diciembre de 2007 del St. Louis Magazine

Vivo en una biblioteca. Cuando era un adolescente, impaciente por abandonar el nido aunque tan incapaz de volar como un dodo, imaginaba una vida nueva y mágica en Nueva Zelanda. Puesto que no sabía nada de Nueva Zelanda salvo que estaba en uno de los confines de la tierra y que tenía normas contra la introducción de malos hábitos en el país, podía soñar mi Zelanda como quisiera, libre de ataduras familiares y por tanto sin complicaciones o irritaciones sociales, sus días encantadores, sus noches serenas. Allí, los árboles darían libros en lugar de frutos, y uno bebería soda en calabazas cuyos jugos habrían sido bendecidos por los dioses nativos. Navegaría hasta allí como un marinero en un barco de los descritos por Joseph Conrad y cuyo rumbo habría sido trazado por Robert Louis Stevenson. Era más barato evadirse mediante un libro que por medio de un pasaje, y cuando lo hacías con un libro, siempre estabas en casa a la hora de cenar.

Después, durante la Segunda Guerra Mundial, surqué de verdad el océano azul. El mar era todo lo que se había escrito sobre él. Nunca era azul; su humor era variable; era enorme; y en él las campanas de todos los barcos eran más bellas que cualquier otra campana. En días tranquilos su superficie era la piel de una criatura dormida. Lavaba mi ropa interior atándola al cabo de una cuerda y dejando que el barco la arrastrara por el agua como si estuviera pescando una pieza mayor, quizá un traje de etiqueta. Allí iba acumulando sal mientras se limpiaba a fondo, por lo que ponérsela después no era demasiado aconsejable. Decidí ir sin ropa interior durante un breve periodo, hasta que un chivato se lo contó a mis superiores, de los cuales había muchos. Varios años después, escondida entre unos cajones en casa, mi ropa interior todavía olía a sal.

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